Por María Laura García
¿Se han fijado que hoy parece más difícil que nunca estar en paz con quienes somos? Vivimos en una época de posibilidades infinitas, pero paradójicamente, habitamos en un vacío emocional que no parece llenarse con nada. ¿Por qué esa tendencia casi patológica a la insatisfacción? ¿Por qué ese deseo ferviente de ser «lo otro»?
Hoy vemos personas que rechazan su biología, su raza, su historia y hasta su propia humanidad para intentar encajar en una identidad construida por el deseo, mientras exigen que el resto del mundo no solo lo acepte, sino que lo celebre.
Este fenómeno no es casual. Estamos bajo el bombardeo de una era de hiperinformación y polarización extrema donde las expectativas han sido deformadas por un filtro de Instagram o por realidades forjadas por aquellos que desean dominar el mundo. La comparación constante —entre el famoso y el desconocido, el rico y el que lucha por llegar a fin de mes— ha creado un caldo de cultivo para la insatisfacción crónica.
Nuestra naturaleza: ¡Desear hasta el infinito!
Desde la psicología evolutiva, se dice que el ser humano está «programado» para la insatisfacción. Como explica el psicólogo Robert Wright, la selección natural no nos diseñó para ser felices, sino para sobrevivir y reproducirnos. La satisfacción es efímera porque, si nos quedáramos complacidos con lo obtenido, dejaríamos de buscar. Sin embargo, lo que antes era un motor de progreso, hoy se ha convertido en una condena de perfeccionismo tóxico.
El reconocido psicoanalista Jacques Lacan ya lo advertía: «El deseo es el deseo del Otro». No deseamos lo que necesitamos, sino lo que vemos que los demás valoran. En este siglo XXI, ese «Otro» son las redes sociales, donde la identidad se ha vuelto líquida. Ya no se trata de quién eres, sino de quién puedes llegar a proyectar ser, incluso si eso significa romper con lo convencional o lo biológico. Si no lo han notado, observen a los Therian.
Búsqueda de identidad y validación
¿Por qué alguien nacido con una identidad clara hoy prefiere identificarse como algo radicalmente distinto? ¿Por qué querer ser perro, o cambiar de raza, color o de sexo basándose únicamente en una percepción interna? La ciencia nos habla de la Dismorfia y de trastornos de identidad, pero también de una crisis de sentido profundo.
Un estudio de la Universidad de Pennsylvania sugiere que la exposición constante a estilos de vida ideales en redes genera una «comparación social ascendente» que destruye la autoestima porque NO nos aceptamos e intentamos cambiar el envase a cualquier precio o costo, pensando que así curaremos el contenido.
Pero aquí radica la gran paradoja: aunque yo no me acepte y quiera cambiar para ser «distinto», exijo que el mundo externo sea un espejo que consienta y valide mi nueva versión, que NO es la mía. Es una búsqueda de amor propio a través de la aprobación ajena, un camino que, según expertos como el Dr. Giorgio Nardone, suele terminar en un laberinto de mayor frustración.
El Cuerpo como Campo de Batalla
Si no procesamos la insatisfacción, el organismo nos pasa factura. El cortisol elevado por el estrés de «no ser suficiente» nos enferma. La ciencia ha demostrado que la insatisfacción permanente está ligada a la inflamación sistémica y al debilitamiento del sistema inmune. No aceptarnos es vivir en un estado de guerra interna.
Queremos ser rubias siendo pelinegras, queremos ser otros siendo nosotros. Pero como bien señala la psicóloga Bernardo Stamateas, la insatisfacción es un círculo vicioso: si la base es el autorrechazo, ninguna cirugía, cambio de nombre o transformación identitaria será suficiente. Siempre habrá algo más que «corregir».
Recomendaciones para reencontrarse: ¡Aceptar no es conformarse!
¿Cómo salir de esta trampa de la insatisfacción? Aquí algunas herramientas para volver a nuestra esencia:
1. Practica la «Aceptación total»: La Dra. Marsha Linehan propone que para cambiar algo, primero hay que aceptarlo tal como es hoy. Aceptar tu cuerpo, tu sexo y tu origen no significa que no puedas mejorar, significa que dejas de pelear con la realidad. La paz comienza cuando termina la resistencia.
2. Desconecta para conectar: Si la insatisfacción viene de la comparación, reduce la fuente. Limita el tiempo en redes sociales. Recuerda que comparas tu «detrás de cámaras» con el «video editado» de los demás. Un estudio publicado en el Journal of Social and Clinical Psychology confirmó que reducir el uso de redes a 30 minutos al día mejora significativamente el bienestar y la autoimagen.
3. Define tu propio éxito: No permitas que la polarización actual defina lo que es valioso para ti. Recupera tus valores humanos esenciales: la bondad, el servicio, la salud real. El vacío se llena con propósito, no con cambios estéticos o de etiqueta.
4. Honra tu biología: Ser humano tiene límites, y en esos límites hay libertad. En lugar de querer ser «lo otro», explora las capacidades maravillosas de lo que ya eres. Tu salud mental depende de la coherencia entre tu mente y tu realidad física.
5. Busca la excelencia, no la perfección: La excelencia te permite crecer; la perfección te castiga. Quiérete lo suficiente como para mejorar aquello que sea saludable, pero acéptate lo suficiente como para no necesitar la validación constante de un mundo que siempre te pedirá más.
La verdadera revolución en este 2026 no es cambiar para que los demás nos acepten; es tener la valentía de aceptarnos nosotros mismos en un mundo que intenta vendernos que ser nosotros no es suficiente.
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